Archive for April 11th, 2017

Fervor religioso, la locura silenciosa

Armando B. Ginés - Rebelión

Parece mentira que esto suceda en el siglo XXI, pero las religiones monoteístas principalmente, y también sus secuelas y herejías doctrinales en forma de sectas secretas, anónimas o sumidas en la subrepticia oscuridad de la rutina, siguen marcando el paso y el pulso de muchas gentes de bien. El beneficiario último del mito, el poder establecido y las elites gobernantes. No solo en la vasta extensión de los países fallidos o expulsados de la posmodernidad neoliberal, asimismo en los territorios de la injusta y desigual riqueza capitalista.

El poder sabe que las religiones distorsionan la realidad a su favor y pueden ser vehículos fundamentales para socializar la historia y la actualidad de un modo falso, controlando las conciencias de los individuos a través de edictos o proclamas morales ancladas en creencias basadas en la fe. Tomando a Elias Canetti como referencia, la religión sirve en última instancia para transformar los impulsos privados en masa uniforme donde la igualdad es el rasero de unión de las miserias personales. A veces como multitudes de lamentación resignada a su suerte esquiva y otras como mutas de ataque ante lo diferente y el adversario externo ficticio, el poder tiene el resorte de su transformación según sus propios intereses que camufla como generales en el fervor religioso visceral e irreflexivo.

Resulta lógico en este escenario descrito a vuelapluma que las religiones se conviertan en tabú y en conceptos sagrados que requieren el auxilio y la defensa a ultranza del establishment. Quienes están sumidos en su fe, no tienen argumentos coherentes para usar la razón discursiva frente a otras ideas políticas o laicas basadas en la experiencia, los datos, las comparaciones y el rigor dialéctico de la palabra que ofrece y escucha a la vez. De ahí que haya que preservar el hecho religioso con sumo cuidado, creando ad hoc el subterfugio de la ofensa: la fe por sí misma no atesora razón alguna para su subsistencia y credibilidad en la esfera pública. Hay que atrincherarla con figuras jurídicas que rayan el absurdo.

Un ateo o agnóstico o creyente laico no puede defenderse con idénticas armas de las patrañas ideológicas que manejan a su antojo las jerarquías que custodian con veneración dictatorial y severa los dogmas religiosos. Las esencias de cualquier fe masiva y beligerante son susceptibles de ser esparcidas sibilinamente como humus de resignación o como elemento desencadenante de violencias emocionales por los santos varones que rigen los destinos de las doctrinas más extendidas en el mundo. Y siempre en connivencia con las tramas del poder hegemónico.

A pesar de la razón y la ciencia, las religiones no morirán así como así. Su democracia de rebaño y su fuerza para calmar las heridas de las batallas cotidianas no precisan demasiado rigor intelectual para adherirse a ellas. Con el mínimo esfuerzo, un pobre o marginado aislado de sus contextos históricos y existenciales puede ingresar de pleno derecho en un reino de igualdad donde pueden tocarse y olerse los aromas íntimos del prójimo que sobrevive en similar situación a la propia. Todos somos iguales en la desdicha y en la fe del carbonero.

Entregados al rezo estipulado y a las normas prescritas caídas de la revelación incontestable, la igualdad en la uniformidad se transforma en un hogar universal, un espacio de calor confortable donde la crítica racional no es más que un elemento distorsionador y diabólico que únicamente pretende resquebrajar la unión sentimental de la masa. El bien somos nosotros; el mal absoluto, ellos, los otros, los descreídos.

Más allá de que la locura sea en sentido estricto una frontera política e ideológica para delimitar lo que es bueno o malo, aceptable o rechazable en una sociedad organizada, refugiándonos en la tesis de Darian Leader, cabría traer a colación dos conceptos sutiles, estar loco y volverse loco, para intentar comprender en profundidad la etiología del hecho religioso como enfermedad o disfunción adaptativa a escenarios complejos de la mente. Según el autor, y tantos otros de perfil humanista o progresista, la cordura y la locura no son conceptos enfrentados: ambos fenómenos conviven anudados entre sí en la latencia existencial del devenir humano.

De alguna manera, todas las personas sublimamos o desviamos nuestras represiones o sucesos desagradables para adscribirnos a la normalidad mayoritaria. En ocasiones, fruto de la experiencia individual, nos inventamos relatos peculiares para soportar, atemperar o domeñar nuestras neuras o psicosis internas. Es decir, estamos locos, pero no todos nos volvemos locos necesariamente. Ese diálogo sordo entre cordura y locura no hace distingos por clase, sexo o condición de otra naturaleza.

La locura expresa, no los síntomas estrafalarios estereotipados por la psiquiatría al uso para engancharnos a cualquier tipo aleatorio de trastorno y medicamento salvador, puede presentarse de repente en la persona más sana o normal del entorno más estable posible. De cuerdo a loco o viceversa hay recorridos exiguos, distancias que no pueden observarse ojo clínico avizor.

Tanto fervor desatado, ya sea de carácter místico o de expresión doliente extremista o violenta en su formas, da que pensar. Y entre estar loco y volverse loco solo hay un trecho ínfimo. Todo poder es consciente de ello. Por eso, las religiones continúan siendo un arma muy peligrosa en manos y cerebros de intereses ocultos al teatro público. Una masa enfurecida dirigida desde las sombras morales y las prescripciones dogmáticas es más nociva que una bomba atómica. La locura ordinaria de la rutina que descansa en la simpleza de la fe siempre está a la orden de un dedo divino o carismático que le señale el enemigo a batir o la tierra prometida a hacer suya contra viento y marea. No hay masa de lamentación que no pueda advenir de súbito en muta de guerra. Si se atizan los odios y las animadversiones del modo conveniente, el frasco de las esencias dormidas podría despertar su potencial y trasmutarse en veneno justiciero. Pócima mágica y veneno son como cordura y locura: compañeros inseparables. Todo es cuestión de dosis. De esa alquimia explosiva no hay país que esté vacunado al cien por cien.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

FUENTE: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225107

A propósito de estos días que los creyentes cristianos llaman “semana santa”en un Estado supuestamente Laico. Reflexiones sobre la religión, ese virus social que al igual que el concepto de dios o dioses, si no existen, los habríamos inventado de cualquier modo. En este punto ya ni siquiera tiene sentido preguntarse: por qué?

Mi particular resumen de su actual situación es: decadencia y putrefacción.

El emperador romano Juliano, uno de los últimos que trató de recuperar el helenismo y vio como se imponían las sectas galileas o cristianas, decía:  ”El fracaso del helenismo, ha sido en gran medida, una cuestión de organización.  Roma nunca intentó imponer ningún tipo de culto sobre los países que conquistó y civilizó; por el contrario Roma era ecléctica.”

“Lo sorprendente de nuestra época es que un rabino provinciano y simple fuera convertido de forma tan extraordinaria en un dios por Pablo de Tarso, quién superó a todos los embaucadores y tramposos que hayan existido en cualquier lugar del mundo.”

Libanio, cuestor de Antioquía, mayo del año 381 sobre los cristianos.: “Ha terminado la edad de oro. También terminará la edad del hierro, y lo mismo sucederá con todas las cosas, incluso con el hombre. Pero con vuestro nuevo dios ha terminado la esperanza de la felicidad humana.”

“Ningún invento del hombre puede perdurar eternamente.  Incluso Cristo, su mas dañina invención.”

Xel

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El Estado Plurinacional de Bolivia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas

Sacha Llorenti durante su intervención en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Guillermo Fernández Ampié - Rebelión

La intervención del embajador del Estado Plurinacional de Bolivia, Sacha Llorenti, el pasado viernes 7 de abril, durante la sesión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas celebrada ese día resultó una pieza magistral de historia y dignidad que debería divulgarse ampliamente. En ella, además rechazar y condenar la agresión militar estadounidense contra Siria, Llorenti desnudó la falsedad e hipocresía intrínseca en la retórica de Estados Unidos cuando se dice preocupado por los derechos humanos, la democracia o el bienestar de los ciudadanos de cualquier país cuyo gobierno no es de su agrado.

Como lo expresó el propio embajador, sus palabras no fueron retórica. Se refirieron a hechos históricos concretos, seriamente documentados, algunos incluso acaecidos recientemente. No se trató de propaganda “bolivariana” ni “comunista”, ni siquiera “anti-norteamericana”. El diplomático simplemente se refirió a la verdad que está tras las intervenciones militares y políticas estadounidenses en el mundo, cuyo fin último y real ha sido la de satisfacer las ambiciones de los propietarios y accionistas de la industria militar y del gran capital occidental, sin importar las cantidad de muertos, viudas y huérfanos que queden en el camino.

Llorenti demostró como la sede de ese organismo de Naciones Unidas se ha convertido en uno de los estrados preferidos por los representantes estadounidenses para predicar mentiras y justificar cualquier atrocidad, sin mostrar el menor rubor, contra cualquier país o gobierno que no sea del agrado de quienes gobiernan el país del norte.

Así recordó cuando el general Colin Powell, en su calidad de Secretario de Estado del gobierno de George W. Bush, exhibió una fotografía como supuesta prueba de que el gobierno de Irak, encabezado por Saddam Hussein, poseía armas de destrucción masiva. Con ello pretendió convencer al mundo de la “necesidad” de atacar e invadir ese país del Medio Oriente, decisión que los gobernantes estadounidenses ya habían tomado. Las víctimas fatales ocasionadas por esos falsos alegatos ya superan el millón y siguen incrementándose, mientras el ex secretario estadounidense goza de un plácido retiro familiar.

El embajador boliviano bien habría podido recordar otras afirmaciones realizadas en años más recientes, cuando la representante del gobierno de Barack Obama, Susan Rice, sin mostrar ninguna prueba, acusó a los jefes del ejército libio leales al gobierno de Muhamar Gadafi de distribuir pastillas viagra entre sus tropas para que cometieran violaciones sexuales. Llorenti también pudo evocar que hace tres décadas la representante del gobierno estadounidense encabezado por Ronald Reagan, Jeane Kirkpatrick, acusó al gobierno dirigido por los sandinistas en Nicaragua, de haber encerrado en campos de concentración a 250 mil indígenas mískitos. La falsedad fue multiplicada incansablemente por las cadenas transnacionales de noticias y los llamados medios de comunicación democráticos e independientes, aunque se caía por su propio peso. Para desmentirla bastaba tan solo con verificar el número correcto de mískitos que habitaban la costa Caribe nicaragüense, que entonces se estimaban entre 80 mil y 120 mil.

Lo cierto es que para citar mentiras de la diplomacia y los medios de comunicación estadounidenses sobra de dónde escoger; pues la calumnia, las verdades a medias y las mentiras han sido rasgos comunes de la diplomacia y la política exterior estadounidense.

Igualmente de relevante fue que el diplomático boliviano, al citar textualmente la Carta de Naciones Unidas, también demostró que el verdadero violador al derecho internacional es el gobierno estadounidense, algo que tampoco es nuevo. De hecho, Estados Unidos ya en una ocasión fue condenado por la Corte Internacional de Justicia de La Haya por violar el derecho internacional. Así lo dejó claro el fallo que emitió ese alto tribunal el 27 de junio de 1986, como producto de la demanda incoada en 1984 por Nicaragua contra Estados Unidos, debido a las acciones militares y para militares que financiaba y ejecutaba por el gobierno de Reagan para derrocar al gobierno nicaragüense.

Al hablar con tanta verdad y con tal contundencia, en esos momentos Llorenti no solo representó a Bolivia. También habló por todos los pueblos que han sido objeto de las agresiones imperiales de los estadounidenses.

Fuente: http://horizontesrevistacel.wixsite.com/horizontes/single-post/2017/04/10/El-Estado-Plurinacional-de-Bolivia-en-el-Consejo-de-Seguridad-de-Naciones-UnidasRebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

FUENTE: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225214
Sacha Llorenti hizo bien su trabajo durante su intervención en la ONU, y con ello Bolivia logra posicionarse en el mundo del lado del sentido común, de los que quieren vivir en paz.  Aunque solo dijo verdades con pruebas, se necesitaba mucho coraje y valentía para decirle asesinos y criminales en su cara y en su casa a los genocidas gringos.
La prensa nacional privada, es decir el 99%, no lo quiere a Sacha Llorenti desde que publicó aquel libro que develaba quién es quién en todos los medios de comunicación en Bolivia: La verdad secuestrada.
Xel

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